¿Cómo responderás?

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Moisés no se dejó turbar, porque sabía en quién estaba su confianza; había visto de primera mano los milagros en Egipto.

«¿No es esto lo que te hablamos en Egipto, diciendo: “Déjanos, para que sirvamos a los egipcios?” Porque mejor nos hubiera sido servir a los egipcios que morir en el desierto.

Pero Moisés dijo al pueblo: No temáis; estad firmes y ved la salvación que el Señor hará hoy por vosotros; porque los egipcios a quienes habéis visto hoy, no los volveréis a ver jamás.

El Señor peleará por vosotros mientras vosotros os quedáis callados», Éxodo 14:12-14

En este texto me llamó la atención la forma en que Moisés respondió al pueblo en la crisis. Imagino al pueblo agitado, acababan de salir de Egipto, llenos de esperanza por la liberación. En victoria y expectantes por su nueva condición. Hasta que comenzaron a oír un fuerte ruido a lo lejos, preguntándose qué sería aquello. Al darse cuenta de que el estrepitoso ruido era provocado por el ejército del Faraón, el terror se apoderó de ellos y recriminaron a Moisés ¡por haberlos librado del yugo en que habían estado por tantos años! ¿Puedes creerlo? Dijeron que hubiera sido mejor seguir bajo la opresión egipcia, pues daban por segura su muerte en el desierto a mano de ellos.

Por un momento olvidaron al Dios que a través de un hombre había hecho milagros ante sus ojos y se sumieron en un estado espantoso de ansiedad.  Me parece escuchar los gritos de pánico, la turbación, el murmullo, quizás hasta se empujaban entre ellos para alcanzar a Moisés y recriminarle. La adrenalina en sus cuerpos estaba muy alta y la agitación no se hacía esperar.

Enfrentaron a Moisés por haberles colocado en tal peligro, pero, ¡oh sorpresa! Yo esperaba leer una respuesta molesta o alterada, sin embargo, encuentro palabras de sosiego y quietud. Incluso el sobresalto que traía en la lectura de los versículos anteriores queda anulado por la respuesta de este siervo de Dios.  Una vez más no puedo dejar de imaginar al pueblo. Es como: ¿qué? ¿Pero, y esa calma? ¿No ves que vienen a matarnos? ¡Están armados y nosotros no! Ni siquiera tenemos hacia donde correr, porque el mar es lo que tenemos delante.

¡Qué maravilloso el poder de Dios obrando en una persona! Moisés no se dejó turbar, porque sabía en quién estaba su confianza, había visto de primera mano los milagros en Egipto, gozaba de una íntima comunión con Dios, su calma no venía de forma automática.  Lo que había en su corazón salió por su boca.

He sido muy amonestada con este pasaje en varios sentidos:

- Me ha hecho reflexionar sobre la forma agitada y rápida en que a veces soy tentada a responder ante situaciones difíciles.

- Me ha llevado a cuestionarme sobre la manera en que contesto a los demás en momentos de crisis, sobre todo en mi hogar, con mis hijos y mi esposo. ¿Me dejo llevar por la agitación de los eventos? ¿Respondo en tono alterado o traigo paz y calma con mis respuestas? ¿Muestro una actitud de desesperación o de confianza en Dios?

Tristemente confieso que tiendo a parecerme más a los israelitas que a Moisés, pero ¡qué glorioso es el Evangelio! que trae las Buenas Nuevas de salvación y puedo volver a la Cruz para obtener perdón. Es mi oración al Altísimo que me capacite para dar las respuestas que le agraden y glorifiquen Su nombre, que me ayude a cultivar una relación tal con Él, que de la abundancia de mi corazón hable mi boca.  ¡Sí Señor, ayúdame!

Y tú, ¿cómo responderás? “Señor, pon guarda a mi boca; vigila la puerta de mis labios”, (Salmos 141:3)


Por Rafael Luciano de Viñas

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