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¿Cómo reaccionas ante la injusticia?

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Si no sabemos manejar el sentimiento producido por la injusticia, podemos caer muy fácil en el rencor, la amargura e, incluso, el deseo de venganza.

¿Conoces a Calimero? Es un pollito desafortunado, héroe de una serie de dibujos animados para niños. Una de sus frases estrella es: “Esto es muy, pero que muy injusto”.

¿Alguna vez has dicho esta misma frase a tu Papá celestial? “¡No es justo. No es mi culpa y soy yo el que paga los platos rotos! Es él quien ha actuado mal y soy yo el que recibe el castigo…”.

La injusticia, o en todo caso el sentimiento de injusticia, es inevitable. Nos lo encontramos tarde o temprano en nuestra vida. Y cuando este sentimiento se instala y crece en nosotros, hace nacer el rencor, la amargura e, incluso, a veces al deseo de venganza. Todo ello porque nos duele mucho, porque no entendemos el porqué: sencillamente, porque no es culpa nuestra.

Es por este motivo que es importante que, siempre que este sentimiento empiece a brotar en nuestra vida, nos demos prisa a agarrarlo y ponerlo lo más rápido posible entre las manos de Dios, para que no nos afecte. Como dice en Romanos 12:19, “No os venguéis vosotros mismos, amados míos…”

Yo mismo en varias ocasiones he experimentado ese sentimiento de injusticia. Lo que me protegió de desear venganza fue el hecho de depositar esos sentimientos al pie de la cruz y no retomarlos después, sino dejar operar al perdón. Sin eso, el sentimiento de injusticia hubiese crecido y hubiese destruido mi gozo y mi paz interior. ¡No podría escribirte cada día un mensaje positivo y alentador!

Te animo a que cada vez que algo sea “muy, pero que muy injusto”,  tomes ese sentimiento y se lo entregues a Dios en oración.

Dile simplemente lo que hay en tu corazón. Él está cerca del que tiene un corazón abierto. Aquí tienes una promesa para ti:

“El Señor está cerca de los quebrantados de corazón, y salva a los de espíritu abatido” (Salmo 34:18).

Mañana te compartiré acerca de cómo, de tu dificultad, puede nacer una bendición. ¡Estoy de todo corazón contigo, querido(a) amigo(a)!

Gracias por existir, 

Eric Célérier

 

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