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Cómo entender el sacrificio de Cristo

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Pero Jesucristo sacrificó más que su vida. Sustituyó la maldad con santidad, y la separación con santa unión.

Leer Mateo 26:36-46

Jesús descendió al más profundo abismo de la desesperación horas antes de su crucifixión. En el huerto de Getsemaní, en repetidas ocasiones oró pidiendo que “la copa” pasara de Él (Mateo 26:39-44). Cristo estaba mirando un cáliz de ira y de juicio que debió haber sobrecogido su alma (Isaías 51:17). La humanidad había llenado la copa con los hechos y los pensamientos más depravados que podía concebir. Según la Biblia, Jesús no únicamente murió por nuestros pecados; Él se hizo pecado por nosotros (2 Corintios 5:21). El Cordero santo y perfecto tomó sobre sí todo lo vil y perverso de este mundo.

Además, Jesús sabía las consecuencias de aceptar el pecado de la humanidad. La santidad de Dios impedía que hubiera pecado en su presencia. Por tanto, el Padre tendría que separarse del Hijo. Jesús había gozado siempre de unidad y relación perfectas con Dios. Contemplar una separación y un rechazo tan desgarradores debió haber sido aterrador para Él.

No había duda de que Jesús cumpliría la voluntad de Dios. Se convertiría en pecado y se separaría del Padre, si eso es lo que se requería para salvar a la humanidad. En un momento en el huerto, imploró otra vía para nuestra redención. Sin embargo, cuando estaba claro que la respuesta del Padre era “No, esta es la única manera”, Jesús se sacrificó obedientemente.

Pero Jesucristo sacrificó más que su vida. Sustituyó la maldad con santidad, y la separación con santa unión. El Salvador hizo esto para que pudiéramos ser transformados en hombres y mujeres santos con un futuro eterno. No es de extrañar que toda la creación lo alabe (Apocalipsis 5:11-14), y por tanto, debemos hacer lo mismo cada día de nuestra vida.

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