Cómo compartir inteligentemente

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Muchas personas ayudan y hasta sostienen económicamente a otros en necesidad. Pero, ¿hasta qué punto es suficiente? ¿Se puede ayudar de una forma diferente a darles dinero?

Hace un tiempo atrás un amigo me dijo: “Andrés, ¿crees que debo seguir sosteniendo a mi hermano?”. Su hermano tenía tres hijos, una esposa, estaba sin trabajo y tenía una gran necesidad económica. Carecían de comida, algunas veces les faltaba ropa y no tenían ni un centavo para gasolina.

Mi amigo me comentó que su hermano no sólo no tenía trabajo, sino que no quería trabajar. Había estado desempleado por más de dos años y había buscado trabajo en un momento difícil de recesión, el constante rechazo lo desanimó y entonces concluyó que ya no podría encontrar ningún trabajo por el resto de su vida. Su esposa tuvo que salir a trabajar y su nivel de vida cayó abruptamente. Ahora, él está contento en dejar que su esposa salga a trabajar y él vive de los regalos de la gente.

La referencia bíblica a esta pregunta viene de la segunda carta de Pablo a los Tesalonicenses, capítulo 3 verso 10, que dice: “Porque aun estando con vosotros, os denunciábamos esto: Que si alguno no quisiere trabajar, tampoco coma”. En cada una de nuestras vidas llegará el momento en el que, si no hay un cambio personal, más dinero no va a ayudar. De hecho, más dinero a veces nos puede perjudicar.

Hay un viejo proverbio que dice: “Puedes darle a un hombre pescado y alimentarlo un día, o puedes enseñarle a pescar y alimentarlo por el resto de su vida”. Así que yo le dije a mi amigo: “Desde hoy tienes que tomar una decisión. Dile a tu hermano: ‘no te puedo ayudar más, a menos que desees levantarte y comenzar a ayudarte a ti mismo. Debes salir y comenzar a buscar trabajo, sostener a tu familia y ser el líder de tu casa’”.

¿Significa esto que al retirar la ayuda económica uno deja a la familia desamparada? No creo que se pueda llegar a esa conclusión. Significa que usted los va a ayudar sin abandonarlos, pero que va a encontrar la forma de no hacer suya la presión.

Recuerdo la historia de un hombre, un donante generoso en Estados Unidos, que tenía una empleada que venía a su trabajo vestida de andrajos. Un día él la detuvo y le dijo: “Señora, ¿yo no le pago lo suficiente como para que usted no se compre ropa?” Y ella dijo: “Sí señor, en verdad lo hace. Pero mi esposo se bebe todo el dinero”. Luego este hombre se dio cuenta de que a esa familia no solamente le faltaba ropa sino también comida. Cierto día fue a visitarlos, vio al esposo allí y le dijo: “Señor, ¿qué hace usted con el dinero de la comida?” La esposa dijo: “Él usa el dinero para comprar licor”. El esposo respondió: “Sí señor, eso es verdad. Es que no me puedo ayudar a mí mismo, quiero hacerlo, pero no puedo salir por mí mismo de esta situación”.

Entonces, este hombre que era muy famoso, uno de los empresarios más grandes en Estados Unidos, cada tarde, y durante un período de casi dos años, fue a la casa de esta familia con la comida que él mismo había cocinado y se sentaba a la mesa mientras la familia comía. Como resultado de este compromiso con la familia y otros individuos, él llevó al esposo a los pies de Jesucristo, quien llegó a ser uno de los empleados más productivos que él había tenido en su empresa ¿Por qué? Porque él modeló este pensamiento: “Voy a ser un buen mayordomo de Dios. Le voy a enseñar a este hombre a no comer un pescado el día de hoy, sino a pescar por el resto de su vida”.

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