¡Bienvenidos!

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Hay muchas razones para ir a la iglesia, pero nada como tener un encuentro directo con Dios quien te recibe personalmente.

Yo me alegro con los que me dicen: «Vamos a la casa del Señor.» Ya nuestros pies se dan prisa; ¡ya estamos, Jerusalén, ante tus puertas! – Salmo 122:1-2

“Vamos a la casa del Señor”. ¿Te alegra cuando alguien te invita a ir a la casa de Dios para adorarlo? Nos debe alegrar el recibir y el poder responder a esa invitación por varias razones. Ciertamente vamos a la casa del Señor en alegre obediencia a su mandamiento de recordar y santificar el día de reposo. Observamos el domingo como nuestro día de descanso y adoración, y esto aumenta nuestra alegría al celebrar cada semana la resurrección de Jesús. Quizá vamos a la iglesia por costumbre, pero esa es una buena costumbre que también tenía nuestro Señor, quien iba a la sinagoga cada sábado "como era su costumbre" (Lucas 4:16). Disfrutamos la comunión en adoración con nuestros hermanos y hermanas en Cristo, y también nos encanta un poco más de comunión después, con café y pan dulce.

Así, en adoración y compañerismo, seguimos los pasos de los santos. A lo largo de las páginas de las Escrituras aprendemos acerca de los fieles que se reunían para adorar. Desde los primeros días de la iglesia, los seguidores de Cristo se reunían para dedicarse "a las enseñanzas de los apóstoles y en el mutuo compañerismo, en el partimiento del pan y en las oraciones” (Hechos 2: 42b).

Todas esas son buenas razones para alegrarse en la casa del Señor, pero hay una razón y una alegría mayor. Cuando nos reunimos para adorar, ¡nuestro anfitrión está allí para recibirnos! Después de todo, es su casa y, como todo buen anfitrión, Dios nos recibe en su presencia. En la casa del Señor escuchamos las buenas noticias de que nuestros pecados son perdonados por la gracia de Cristo Jesús. ¿Puede haber una razón de alegría mayor que esa? A través del santo bautismo, Dios da la bienvenida a las personas de todas las edades a la familia de la fe. Y Él nos sostiene y nos alimenta con fe cuando escuchamos su Palabra. También, el Señor Jesús nos recibe como invitados en su mesa, donde él mismo está presente en su cuerpo y sangre. Y allí traemos nuestras oraciones y ofrendas al Señor. De esa forma, llenos de gratitud por sus bondadosos dones, nos unimos en alegres canciones de alabanza.

Según las Escrituras somos redimidos en Cristo y no solo vamos a la casa del Señor, sino que somos la casa del Señor: “como piedras vivas, sean edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepte por medio de Jesucristo” (1 Pedro 2:5). En su casa le ofrecemos a nuestro Dios y Salvador sacrificios de un corazón arrepentido, de oración y alabanza, y hasta nuestros propios cuerpos como sacrificios vivos dedicados a su servicio durante toda la semana. Nos alegra encontrarnos para adorar en la casa del Señor regularmente.

ORACIÓN: Nuestro Dios y Salvador, nos alegra estar en tu casa y unirnos a nuestros hermanos y hermanas para recibir tus dones y ofrecerte nuestro sacrificio de alabanza. Amén.

Para reflexionar:

1. ¿Qué experimentas cuando te diriges a la iglesia?

2. ¿Qué perderías si no asistieras a la iglesia?

Por: Dra. Carol Geisler

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