Asuntos financieros (Parte 6)

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Usar libremente nuestro dinero genera mucho placer, pero nada como invertirlo en el Reino de Dios.

Un deber sagrado

Es muy difícil aprender la verdad de que el dinero que tengo no es mío y que, incluso, las habilidades con las que gano mi salario son un regalo de alguien más. Todos necesitamos que se nos vuelva a enseñar constantemente ese concepto radical.

Pero espere un momento: hay más; parece que el Dador de todas las cosas piensa que los recursos que nos da se deben utilizar para Sus planes.

Jesús contó una parábola en la que Él era la estrella: “Un hombre noble se fue a un país lejano para recibir un reino y volver. Llamó antes a diez siervos suyos, les dio diez minas (una moneda persa de oro equivalente a por lo menos 4,000 dólares) y les dijo: ‘Negociad entre tanto que regreso’” (Lucas 19:12-13 - LBLA).

El Salvador nos ha liberado de la culpa de nuestros pecados, del temor a la muerte y de la sentencia de muerte eterna en el infierno. Espere, aún hay más: también nos ha liberado del abismo del ensimismamiento y el egoísmo. Es liberador y regocijante utilizar los recursos que nos da Dios para el servicio de nuestro Rey.

No hay en la vida nada como la dulce sensación de ser un canal para que Dios use Su dinero para Sus propósitos. Para eso fuimos hechos. Eso es alegría.

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