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Aprendiendo con humildad

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Si nuestras faltas y pecados nos avergüenzan, más debe avergonzarnos la incapacidad de reconocerlas.

“Aunque me sea necesario morir contigo, no te negaré”, Mateo 26:35

¿Alguna vez te encontraste haciendo algo que aseguraste que no harías? Esta fue la situación de Pedro cuando le dijo al Señor: “Aunque me sea necesario morir contigo, no te negaré”.

Lo más grande en la vida no es no fallar, sino la capacidad de aceptar nuestras faltas y hacer restitución. Todas erramos. Santiago 3:2 dice: “Porque todos ofendemos muchas veces…”

Si nuestras faltas y pecados nos avergüenzan, más debe avergonzarnos la incapacidad de reconocerlas. La falta de humildad impide la corrección de ellas y es un terreno fértil para la altivez y la prolongación del pecado, la cual aborrece Dios.

Dios nos da la oportunidad de aprender de nuestros errores. Si con humildad aceptamos la reprensión, Él restaura nuestra comunión y nos promueve a un nivel más alto de crecimiento.

Nuestras faltas no son necesariamente el final del camino. Pueden ser el instrumento que Dios utilice para que podamos consolar y ayudar a otras que atraviesan los mismos problemas que ya hemos pasado. No permitas que tus pecados se interpongan en tu relación con Dios, ni actúes como juez implacable. Arrepiéntete, confiésalos a Dios, vete y no peques más, y úsalos para bendición de otras vidas.

La próxima vez que tú o alguna persona fallen, ve delante del trono de Dios y restáurala con espíritu de amor y mansedumbre.

Oración: Señor, dame un espíritu humilde y perdonador digno de una Maestra del Bien. En el nombre de Jesús, amén.

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