Aprendiendo a compartir (Parte 1)

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Como hijos de Dios hemos sido diseñados para compartir de lo que tenemos. Por lo tanto, si no lo hacemos, estaríamos yendo en contra de Su plan y muriendo espiritualmente.

Yo creo firmemente que una de las principales razones por las que Dios nos permite disfrutar de prosperidad es para poder compartirla. Voy a tomar como ejemplo a la comunidad judía-cristiana que vivía en la ciudad de Corinto, Grecia, a principios del primer milenio, porque creo que su situación económico-social dentro del Imperio Romano tiene mucho paralelismo con nuestra situación actual dentro del proceso de globalización que estamos viviendo.

San Pablo, que estaba justamente en el proceso de levantar una ofrenda de amor para los pobres de Jerusalén, les enseña: “Dios puede darles a ustedes con abundancia toda clase de bendiciones, para que tengan siempre todo lo necesario y además les sobre para ayudar en toda clase de buenas obras… Dios, que da la semilla que se siembra y el alimento que se come, les dará a ustedes todo lo necesario para su siembra, y la hará crecer y hará que la generosidad de ustedes produzca una gran cosecha. Así tendrán ustedes toda clase de riquezas y podrán dar generosamente.” –1 Corintios 9:8,10-11a

Dentro de la tradición judía, la cristiana y las otras principales religiones del mundo, existe una fuerte enseñanza con respecto al compartir con aquellos que tienen necesidad.   Compartir con los demás es un Principio Universal ­- fundamental para desarrollar la actitud correcta frente a la vida.

San Pablo, en otra carta, le escribe a su discípulo Timoteo: “A los que tienen riquezas, mándales que no sean orgullosos ni pongan su esperanza en sus riquezas, porque las riquezas no son seguras. Antes bien, que pongan su esperanza en Dios, el cual nos da todas las cosas con abundancia, y para nuestro provecho. Mándales que hagan el bien, que se hagan ricos en buenas obras y que estén dispuestos a dar y compartir lo que tienen.” – 1 Timoteo 6:17-18

Es por eso que la tradición cristiana de occidente ha generado una innumerable cantidad de organizaciones de beneficencia que nos han impactado socialmente a través de los siglos. Podríamos mencionar, entre ellos, hospitales, escuelas, orfanatorios, hogares de niños, leprosorios y universidades como las de Yale, Harvard, Loyola o Princeton. 

También podríamos mencionar organizaciones internacionales como la Cruz Roja, Cáritas, el Ejército de Salvación, Auxilio Mundial, Visión Mundial (World Vision) y Habitat for Humanity (la empresa constructora de casas más grande del mundo que provee vivienda digna a la gente de bajos recursos). No seguiré mencionando nombres porque ¡me voy a meter en problemas! (Hay tantas y tan buenas organizaciones que nacieron de nuestras raíces religiosas y cristianas…).

Cualquiera que sea tu posición denominacional, creo que es importantísimo que aprendamos a compartir de nuestras bendiciones. Si no lo hacemos, morimos un poco como personas. Hemos sido diseñados para compartir lo poco o lo mucho que tengamos; las alegrías y las tristezas. El egoísmo o la avaricia no nos caen muy bien al espíritu.

Esa es una de las razones, por ejemplo, por las que el Mar Muerto (en Israel) está, literalmente, muerto. El Mar Muerto se encuentra a 398 metros debajo del nivel del mar y el río Jordán entrega a este mar más de 6 millones de metros cúbicos de agua por día. Sin embargo, el Mar Muerto tiene un problema: solamente recibe agua, nunca la da. El agua, entonces, se estanca y, con la evaporación que produce el sol del desierto, la concentración de sal aumenta.

La concentración normal de sal en el océano es del 2 al 3%, mientras que la concentración de sal en el Mar Muerto es del 24 al 26%, además del magnesio y el calcio.  No hay vida que aguante ese potaje químico. 

El Mar Muerto, con sus 1.000 kilómetros cuadrados de superficie, es grande, rico en minerales y es, probablemente, el mar más conocido del mundo. Sin embargo, ha perdido la vida. Está vacío en su interior. La experiencia del Mar Muerto nos enseña, entonces, que el dar, luego de recibir, es un proceso vital para permitir mantener la frescura de nuestro corazón.

En el próximo mensaje empezaremos a estudiar los principios a tener en cuenta a la hora de dar.

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