Amor incomparable

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No hay nada que se compare con el Amor de Dios hacia nosotros, pero mientras que creamos que tenemos que ganarlo, no vamos a poder experimentarlo plenamente.

Leer 1 Juan 4:16-21

El amor de Dios es un regalo eterno. No podemos hacer nada para merecerlo ni tampoco para interrumpirlo. El amor del Padre celestial simplemente está allí; nada de lo que hagamos lo puede cambiar. Además, tenemos que entender que cuando intentamos pagar por un regalo que hemos recibido, afligimos al dador y revelamos nuestra falta de autoestima.

Mientras sintamos que tenemos que esforzarnos por ganar el amor del Padre celestial, no podremos experimentarlo plenamente. Una persona puede estar tan ocupada tratando de hacerse digna del amor de Dios, que no permite que la naturaleza de Dios tranquilice su mente y corazón. Dios no simplemente es misericordioso; Él es amor (1 Juan 4:16).

Además, el amor de Dios pone a un lado los deseos personales con el fin de suplir las necesidades de la persona amada. En nuestro caso, la necesidad es la salvación. Somos pecadores, incapaces por nosotros mismos de relacionarnos con un Dios santo. La justicia divina exigía que pagáramos nuestra deuda de pecado. Sin embargo, para expresar su amor, pero permaneciendo fiel a su justicia, Dios dispuso que un sustituto pagara la deuda. Y por eso envió a su Hijo a morir en la cruz; allí, el Señor Jesús sufrió la agonía de separarse de su Padre. Por tanto, toda persona que confía en el sacrificio del Salvador, jamás tendrá que experimentar el mismo sufrimiento.

Dios nos ha amado aun antes de que naciéramos; nos amó tanto que envió a su Hijo a morir en nuestro lugar. Por tanto, no necesitamos ganar el regalo que ya es nuestro, solo necesitamos “Estad quietos, y conoced que Él es Dios” (Salmo 46:10).

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