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Algunas palabras de David

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El Rey David –cuyo corazón era conforme al de Dios– reconoció la naturaleza que lo dominaba y, por lo tanto, la ayuda que necesitaba. ¿Lo haces tú?

No te fijes ya en mis pecados; más bien, borra todas mis maldades. Dios mío, ¡crea en mí un corazón limpio! ¡Renueva en mí un espíritu de rectitud! ¡No me despidas de tu presencia, ni quites de mí tu santo espíritu! – Salmo 51:9-11

Al igual que con el salmista David, así debe ser siempre que los cristianos lloremos penitentemente por el perdón de nuestros pecados, suplicando que la culpa y el castigo sean eliminados. Pero también tenemos otra necesidad y requisito más urgente: necesitamos al Espíritu Santo. El pecado de nuestra vida y de incontables generaciones pasadas ha hecho más que acumular culpabilidad y castigo; ha arruinado nuestra fuerza de voluntad; ha pervertido nuestra comprensión; ha arruinado nuestro carácter.

Por causa del pecado, todo nuestro cuerpo, mente y espíritu, nuestro corazón y todos sus impulsos se han vuelto caprichosos, inestables, inciertos, inconstantes y no confiables. El pecado nos ha dominado y esclavizado durante tanto tiempo, que no podemos deshacernos de su poder y control. Aunque tenemos las mejores intenciones y hacemos las más solemnes resoluciones, a menudo nos encontramos presos del mal que nos rodea.

Nuestro corazón descarriado nos impulsa de locura a locura, amenazando con enredarnos cada vez más desesperadamente en una interminable red de malas acciones. Esta condición pecaminosa nubla nuestra comprensión de la Palabra de Dios. Nos hace dudar del estado de gracia en el que estamos y, tristemente, la incredulidad del mundo que nos rodea encuentra un eco en nuestros corazones.

Pero Jesús es un sanador del pecado y la vergüenza. Él no retrocede ante nuestra condición, sino que nos sana completamente devolviéndonos la salud y el vigor y regenerando y renovando nuestro corazón. Él no solo perdona nuestros pecados, sino que también nos da el don del Espíritu Santo. Así, David también oró por el perdón y un nuevo corazón en su gran salmo penitencial.

“No te fijes ya en mis pecados; más bien, borra todas mis maldades. Dios mío, ¡crea en mí un corazón limpio! ¡Renueva en mí un espíritu de rectitud! ¡No me despidas de tu presencia, ni quites de mí tu santo espíritu!” Padre celestial, lávame con la sangre de tu Hijo Jesús. Sana mi vida de las enfermedades mortales del pecado y haz que mi corazón lata con deseos limpios y santos.

“¡Renueva en mí un espíritu de rectitud!” Hazlo firme, inalterable en tu Palabra y capacitado para seguirte. Hazme inquebrantable en tu gracia y permíteme ver claramente la verdad para que pueda cumplirla contra cualquier mal.

“¡No me despidas de tu presencia, ni quites de mí tu santo espíritu!” Sin tu Espíritu, sería la presa desesperada de mi propia carne, del mundo y de los astutos engaños de Satanás. Con tu Espíritu puedo vencer todas las cosas. 

ORACIÓN: Padre celestial, llénanos con el amor, la alegría y la luz de tu Espíritu Santo. Amén.

Para reflexionar:

1. ¿Qué motivos tenía David para sentirse sucio delante Dios?

2. ¿Cómo está tu corazón delante de Dios?

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