Ahora mis ojos te ven

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Una cosa es saber de Dios y otra conocerlo y experimentar Su amor.

“De oídas te conocía, mas ahora mis ojos te ven”, Job 42:9

Alabar a Dios y bendecir su Santo Nombre por medio de las alabanzas ha sido siempre para mí algo maravilloso y sublime. Pero cuando, además, las letras de la alabanza que entonas han sido una parte real y palpable de tu vida, entonces ésta se convierte en una experiencia viva entre tú y Dios.

En días pasados buscando algo en mi guardarropa, mi hija vio una caja de pañuelos y me dijo: “Mami, creo que estos son los que debes de llevar cada domingo a la iglesia”. Me reí porque, de haber sido una persona cuyas lágrimas eran escasas y difíciles de ver en mi rostro, ahora se ha vuelto normal que estas bañen mis mejillas cuando alabo junto a mis amados hermanos en la iglesia.

¿Sabes cuál ha sido la diferencia? Las alabanzas siguen siendo las mismas, pero ahora, de manera particular, he conocido al Dios que no deja para siempre caído al justo. Al Dios que en medio de la dificultad permanece fiel, al Dios Consolador, al Dios que es mi ancla y mi puerto seguro; al Dios en el cual no hay mudanza ni sombra de variación.

He sentido la presencia viva del Dios que me sostiene en el valle del dolor, del Dios proveedor, del Dios en cuyos brazos puedo refugiarme, del Dios que toma mis lágrimas y las guarda en Su redoma, y del Dios que puedo invocar en el día de la angustia y tener la certeza de que me escucha. He conocido al Dios que es mi fortaleza, al Dios que me ha sacado del pozo de la desesperación, al Dios que no me deja sola, al Dios que oye mi clamor, al Dios que es mi Pastor.

Entonces... cuando entonas alabanzas cuyas letras hablan de ese Dios que has visto de una manera tan personal en tu vida, las lágrimas brotan de tus ojos, no de dolor, sino de gratitud por todo lo que Dios hace, pero más aún, porque reconoces que solo él es digno de ella. Lo alabas por Su grandeza y señorío, por lo excelso, único, admirable y grandioso que él es y ha sido para ti.

Al alabarle proclamas Sus poderosos hechos, Su grandeza, Sus maravillas, Su gloria y Su poder. Le glorificas, le ensalzas, enalteces, honras y exaltas con gratitud y admiración; rememoras las victorias pasadas y declaras triunfos futuros. Al alabarle reconoces por vivencia propia lo Omnipotente, Soberano, Misericordioso, Benevolente, Altísimo y Clemente que Él es y ha sido para ti.

Ahora puedo exclamar como lo hizo Job: De oídas te conocía, mas ahora mis ojos te ven” (Job 42:9).

Oración: Oh mi Dios, cuánto te amo. Me gozo en tu presencia, mi corazón está lleno de gratitud hacia ti. Te bendigo por lo que eres y por lo que continuamente haces por nosotros. Cuan maravilloso será estar un día en tu presencia por toda una eternidad. En Cristo, te doy gracias, amén.

Por Jeanette Lithgow 

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