Adulto

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La madurez espiritual no se consigue por el paso del tiempo, sino por entender y vivir bajo la gracia.

Pero antes de que viniera la fe, estábamos confinados bajo la ley, encerrados para aquella fe que iba a ser revelada…Pero cuando se cumplió el tiempo señalado, Dios envió a su Hijo, que nació de una mujer y sujeto a la ley, para que redimiera a los que estaban sujetos a la ley, a fin de que recibiéramos la adopción de hijos. Y por cuanto ustedes son hijos, Dios envió a sus corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: «¡Abba, Padre!» Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, también eres heredero de Dios por medio de Cristo”Gálatas 3:23, 4: 4-7

¿Alguna vez, cuando eras pequeño, imaginaste lo que sería ser adulto? No tendrías que acostarte a cierta hora, o hasta podrías quedarte despierto toda la noche viendo películas; podrías comer dulces para el desayuno; no tendrías que ir al dentista en contra de tu voluntad; nadie podría decirte: “¡haz tu tarea antes de jugar!”.  

Por supuesto que, ahora que eres un adulto, sabes que la realidad es muy distinta. Impones tu propia hora de dormir porque si no lo haces, estarás destrozado por la mañana; no hay maratón de películas que dure toda la noche cuando tienes trabajo al día siguiente. No comes dulces en el desayuno y visitas al dentista, pero no porque mamá lo diga, sino porque sabes el dolor de una endodoncia (¡y aún más, la factura que viene con eso!) y comes brócoli voluntariamente, impulsado por el deseo de mantenerte saludable.

Pero no todo es malo. Algo con lo que soñabas es tan bueno como esperabas. Probablemente puedes conducir; eres libre de elegir tu propia ropa, tu propio peinado, tus propios destinos de vacaciones. Tienes obligaciones (cosas que haces por tu cónyuge, tus hijos, tus amigos, tu trabajo), pero tienden a ser obligaciones que asumiste voluntariamente y puedes ver el fruto de tu trabajo. Cada vez más, tienes tu propia iniciativa. Lo que te impulsa a hacer el bien no son fuerzas externas como tus padres, maestros y niñeras, sino tú mismo.

Y esto, dice Pablo, es lo que es ser hijo de Dios. Érase una vez que estábamos bajo la Ley, gobernada desde afuera por los Mandamientos. Nos portábamos bien porque temíamos las consecuencias de no hacerlo. Estábamos bajo coacción, como esclavos o niños pequeños. Pero ahora hacemos el bien por una razón diferente: porque Cristo vive en nosotros y se muestra en nuestras elecciones y acciones diarias. Somos impulsados por nosotros mismos o, mejor dicho, impulsados por Cristo. Hacemos libremente todas las cosas buenas que una vez tenían que obligarnos a hacer.

Sabemos que gracias a que Jesús sufrió y murió por nosotros, hemos sido liberados del peso de nuestro pecado y culpa. Gracias a que Él resucitó de entre los muertos, hemos sido liberados del temor a la muerte y al castigo eterno. Ahora vivimos en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Para decirlo sin rodeos, no hacemos el bien porque "tenemos que hacerlo", sino porque el Espíritu Santo de Dios en nosotros hace que suceda, convirtiéndonos cada vez más en la imagen de Jesús, nuestro Salvador y hermano mayor. Se está empezando a mostrar un parecido familiar entre Él y nosotros. Y con eso viene el amor, el amor y el agradecimiento a Aquél que nos amó tanto que se entregó a sí mismo por nosotros, para que pudiéramos llegar a ser suyos.

ORACIÓN: Querido Padre, gracias por liberarme de la Ley y por darme la libertad que me brinda estar en tu hijo Jesús. Amén.

Para reflexionar:

1. ¿De qué manera la vida, muerte y resurrección de Cristo satisfacen las demandas de la Ley de Dios para nosotros?

2. ¿Cómo puede el “ser maduro en Cristo” diferir de persona a persona? ¿Tiene algo que ver con la edad?

Por: Dra. Kari Vo

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