Adornando la doctrina con nuestra soltería

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Aylin Merck nos cuenta cómo el Señor le hizo ver que amar su diseño no tenía que ver con su estado civil.

“...Para que adornen la doctrina de Dios nuestro Salvador en todo respecto. Porque la gracia de Dios se ha manifestado… enseñándonos que negando la impiedad y los deseos mundanos, vivamos en este mundo sobria, justa y piadosamente”, Tito 2: 10-14

Toda mi vida había soñado con casarme. Desde pequeña anhelaba tener un esposo y recuerdo que llegué a decir en ocasiones, “Me muero si mi hermana menor se casa primero que yo” (Mi hermana menor se casó 7 años antes que yo, ¡y sobreviví!). El Señor en Su providencia permitió que fuera soltera mucho más tiempo de lo que yo quería. No solo se casaron muchas de mis amigas, sino que también comenzaron a tener hijos… Y yo permanecía soltera.

Simultáneamente, el Señor había comenzado a hacer una obra en mi corazón. Por mucho tiempo no amé mi diseño de mujer. Amaba más todo lo relacionado con estudios de teología, filosofía y música que las cosas del hogar. No me consideraba creativa y por tanto no me dedicaba a crear belleza con mis manos ni a servir a mi familia de esa manera.

Poco a poco el Señor fue abriendo mis ojos para entender mi diseño; me llevó a amar el ser mujer y me enseñó a deleitarme en servir a mi familia creativamente (según la creatividad que Dios había puesto en mí y que descubrí durante ese tiempo).

Al unirse el deseo de casarme con el cambio de perspectiva acerca de ser mujer, muchas veces pequé cuestionando a Dios: “Señor, ¿por qué me haces amar el hogar si no me vas a dar uno propio? ¿Por qué me haces ver el privilegio de ser ayuda idónea, esposa y madre si no me permites serlo?” Por mucho tiempo no me hacía sentido. ¿No eran correctas mis motivaciones al anhelar un hogar y criar hijos para la eternidad?

En un proceso gradual, el Señor me hizo ver que amar mi diseño no tenía que ver con mi estado civil. Tanto soltera como casada estaba llamada a ser una ayudadora, a ser dadora de vida, a crear belleza alrededor de mí, a usar mis manos para bendecir a otros; ¡estaba llamada a servir siempre!

El Señor me fue mostrando que Sus planes para mi vida diferían de mis sueños…Eran mejores. Además, me dió oportunidades especiales de servicio y ministerio. Dios es soberano y si no había permitido que me casara era porque tenía un trabajo para mí que solo podía hacerlo siendo soltera. Me enseñó que mientras quería glorificarle como esposa y madre, Él quería que lo hiciera como soltera.

Como dice Tito 2: “La gracia nos entrena a vivir”. Por eso dejamos de mirar la soltería con un enfoque centrado en nosotras mismas. Por Su gracia podemos gozarnos con los matrimonios de nuestros amigos y orar por ellos para que el Señor les conceda estar centrados en Cristo. Por el poder de la gracia de Cristo, nos alegramos de que otros tengan el privilegio de ser padres y madres. Por el poder del Evangelio, nos gozamos en “adornar la doctrina” como solteras y no como casadas.

Eso no significa que cese la lucha contra la tentación de la autocompasión, el descontento y la impaciencia. Ni tampoco que el Señor quite el deseo de casarnos y tener nuestro propio hogar. Significa simplemente que Él nos entrena a ejercitar los músculos de la fe cuando queremos andar por vista y no con los ojos puestos en la eternidad. El mismo poder que resucitó a Cristo de los muertos es el que está activo en nosotras, enseñándonos a amar Su Reino y en última instancia a Jesús, más que a la vida misma. 

Por Aylin Merck

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