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A veces, tan solo hay que seguir adelante

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Aunque tu cuerpo ya no dé más de sí, no te canses de hacer el bien.

Cuando mi hija Nahiara agarra un resfriado, se le cierran los bronquios y tiene dificultades para respirar. Ella no duerme porque se le tranca el pecho y, por supuesto, tampoco duermo yo. Me paso la noche orando y consolándola, levantándole el tronco con las almohadas y nebulizándola para abrir sus vías respiratorias y que pueda descansar. 

Hace unos minutos hemos terminado una sesión de vahos de eucalipto que le ayudan a respirar. Y mientras sus hermanos brincaban gritando en el cuarto y los platos del desayuno y del almuerzo me llamaban a voces desde el fregador, intentaba recordar dónde puse la camisa por la que mi esposo estaba preguntando para empezar a prepararse para ir a la iglesia y trataba de no quedarme dormida encima del perol de agua caliente.

Retiro el agua, acuesto a la niña, preparo algo rápido para comer, acumulando más corotos sucios, plancho la camisa de mi esposo, le doy un beso de despedida y, con los gritos de fondo de mi hijo Markel quien llora cada vez que su papá sale de casa sin él, cierro la puerta de mi habitación, me acuesto al lado de mi hija y pienso “que se caiga el mundo, yo me quedo aquí”.

Y de repente recuerdo el versículo con el que comencé el año, el versículo que tomé como lema para mi familia, para mi hogar este año:

“No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos”, Gálatas 6:9

¡Aaaaaaaaaaaaaahhhhhhhh! ¡pero estoy tan cansada!

Y de nuevo escucho en mi interior, “no te canses de hacer el bien a tu familia. No desmayes y, con el tiempo, segarás”.

Así que me seco las lágrimas, aparto el cabello dorado de la carita de mi hija para que duerma tranquila, me levanto, abrazo a mi bebé que todavía llora desconsolado, le pido a mi hijo mayor que busque un libro y les leo una historia. Les dejo jugando mientras recojo la cocina y doblo la ropa, los baño, les pongo la pijama y dejo que escojan una película para que vean tranquilos comiendo palomitas de maíz.

Ya no estoy cansada, estoy agotada.

Pero ahora sí, puedo cerrar la puerta de mi cuarto sin ese peso en el corazón que me inquietaba una hora antes. Agarro mi Biblia, agarro la laptop y comienzo a descargar mi corazón contigo. Perdóname, pero hoy no tengo palabras de “sabiduría”, ni de ánimo, ni verdades transcendentales, ni teología pesada.

Hoy tan solo soy una mamá cansada que intenta seguir adelante con la tarea que el Señor le ha encomendado: cuidar de su familia de la mejor manera posible, mostrarles a Jesús en medio del desánimo, seguir adelante sin desmayar… confiando en la promesa de que algún día segaré.

¿Segaré qué? Lo único que deseo sembrar, lo único que mi corazón anhela, lo único por lo que sigo y no desmayo y continúo más allá del cansancio, es que mis hijos tengan una relación personal con Cristo, que amen al Señor con todo su corazón, que sean personas fieles y que crezcan en la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo.

No sé en qué momento de tu vida estás, no sé si estarás cansada de alguna situación en particular, no lo sé. No conozco tu vida, no conozco tu historia. Pero si es algo que merece la pena, sigue y no desmayes. No te canses de hacer el bien, no te canses de hacer lo que tienes que hacer, aunque tu cuerpo ya no dé más de sí, aunque tu cerebro esté al borde de apagarse. Haz lo que tienes que hacer, hazlo bien y entonces, sí, descansa con la conciencia tranquila por saber que has realizado tu trabajo.

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