¡Quiero ser libre!

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La aprobación, como cualquier otra trampa, solo puede tener control sobre nuestras vidas si se lo permitimos, porque Jesús ya nos hizo libres.

Esto fue lo que escribí en mi diario una vez: “La trampa de la aprobación es uno de los lugares donde más detesto estar. Sin embargo, ¡lo visito tan a menudo! Pero hoy oré pidiéndole a Dios que, así como él hace muchas cosas nuevas en mi vida y en las vidas de todos los que le buscan, que haga nuevo esto en mí y pueda librarme de esa esclavitud. ¡Quiero ser libre!” 

No sé si alguna vez has tenido esa lucha. Cuando el reconocimiento de los demás es tan importante que, si no lo escuchas, crees que no has hecho bien las cosas, que no eres suficiente, que no eres importante para ellos. Si tu lenguaje de amor (o uno de ellos) son las palabras de afirmación, como en mi caso, esto puede convertirse en un problema grande. Recibir el apoyo verbal de otros y su aprobación es crucial para aquellos que tenemos este lenguaje de amor, pero también nos puede esclavizar. 

He hablado mucho con Dios al respecto y a veces llegué a pensar que no tenía solución y que es una de esas cosas con las que tenemos que acostumbrarnos a vivir. 

Pero Dios no piensa como yo. ¡Y cuánto me alegro! Volvió a recordarme estas palabras: “Las cosas viejas pasaron, todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17) y también me recordó que Jesús vino para hacerme libre. Y eso incluye las cosas grandes y las pequeñas.  

La aprobación es una trampa, pero solo puede tener control sobre mi vida si yo se lo permito. Y lo mismo sucederá en la tuya. Y como digo aprobación, digo cualquier otra cosa. En Cristo las cosas viejas quedan atrás, él lo hace todo nuevo. 

Me gustaría decir que es cuestión de una vez y para siempre, pero no. Lo único que sí es de una vez y para siempre es la salvación, pero el llegar a ser como Cristo, es algo de todos los días. Y liberarnos de aquellas cosas que intentan atarnos a nivel emocional también lleva su tiempo. 

Por eso es que Dios se ve a sí mismo como el alfarero que cuando trabaja el barro muchas veces tiene que romper la escultura y empezar de nuevo. Nosotros somos el barro, la escultura. (Si nunca lo has hecho, te recomiendo leer Jeremías 18 y sabrás a qué me refiero con esto del barro y el alfarero). 

Así que quiero recordarte que todas las cosas son hechas nuevas, que la misericordia de Dios es nueva cada mañana. Tengo unos cuantos errores en mi cuenta de la semana pasada, pero para Dios, “las cosas viejas pasaron”. 

Ah, y en cuanto a lo de la aprobación, las palabras de afirmación seguirán siendo uno de mis lenguajes de amor, porque eso sí es parte del ADN que Dios puso en mí. Pero la clave está en llegar a entender que no hay palabras de afirmación humanas que satisfagan al 100% todo el tiempo. Es un combustible que solo mantiene el tanque funcionando por un rato, se quema, y volvemos a quedar sin energía. Las únicas palabras de afirmación que pueden producir satisfacción eterna son las de Dios.  

Él nos diseñó de esa manera, con el deseo de tener el corazón rebosante de dicha, pero algo así solo se logra cuando nos llenamos completamente de él y entendemos que en él está la satisfacción plena.  

Con razón aquel día caluroso, como los que de costumbre tenemos en la Florida, Jesús le dijo a la mujer que llegó sedienta al pozo: “Cualquiera que beba de esta agua pronto volverá a tener sed, pero todos los que beban del agua que yo doy no tendrán sed jamás. Esa agua se convierte en un manantial que brota con frescura dentro de ellos y les da vida eterna” (Juan 4:13). 

Hoy decido beber de esa agua, llenar mi tanque y ser libre. ¿Y tú?  ¡Vivamos en libertad, como Dios lo diseñó!

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