¿Qué significa ser saludable?

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Entender el concepto integral de la salud nos traerá bienestar personal y también familiar.

Salud, es una de las palabras más usadas en la vida diaria. Dependiendo de la cultura y el contexto, ha sido utilizada para saludar, desearle el bien al prójimo, responder cortésmente a un estornudo e, incluso, para mostrar un fraternal interés y preocupación por el estado de salud de alguien en especial.

Sin embargo, ¿realmente sabemos qué es la salud? Por mucho tiempo se ha vinculado el “estar saludable” con la ausencia de enfermedades, padecimientos físicos, pocas visitas al hospital y resultados positivos en los exámenes médicos realizados periódicamente cada año. Inclusive, si se consulta el Diccionario de la Lengua Española, la salud es definida y relacionada con “el funcionamiento del ser orgánico” y “las condiciones físicas”.

De esta forma, el estar saludable por mucho tiempo ha sido reducido y limitado a la condición del cuerpo, es decir, uno “está bien” cuando su estómago, cabeza y músculos están dentro de la “normalidad”. Incluso, basados en esta definición, desde nuestros centros de salud (hospitales, clínicas, etc.) se realiza un mayor énfasis en la prevención y el tratamiento de enfermedades a nivel biológico, relegando el papel de las emociones, los pensamientos y las relaciones interpersonales y familiares.

El debate que se ha extendido por años en torno a la definición de salud, ha dejado claro que el ser humano es sumamente complejo para delimitar su “bienestar” como resultado de un “buen funcionamiento físico”. En 1946, la Organización Mundial de la Salud (OMS) conceptualizó la salud como “un completo estado de bienestar físico, mental y social, y no meramente la ausencia de enfermedad o dolencia”.

Esta definición, aunque aún recibe críticas de ser utópica, circunscribe a la salud dentro de un triángulo, siendo sus extremos las dimensiones: física, mental y social. Actualmente, algunos expertos también han incluido a este triángulo el área espiritual, que viene a sumar la importancia de los valores, el propósito de vida y la conexión interna con el prójimo y con Dios, como influyentes en el bienestar del individuo.

Este concepto da cuenta de la influencia que estas áreas tienen entre sí y que no es posible hablar de salud sin mencionar si últimamente he tenido problemas con mi pareja, mi hijo ha estado enfermo, he sentido soledad o experimento constantemente agradecimiento y felicidad.

Se ha demostrado que algunos conflictos emocionales pueden influir en la modificación de la actividad normal del cuerpo, por ejemplo, el estrés crónico ha sido relacionado con enfermedades como la gastritis, la colitis, la alergia, la presión alta, etc. Y las causas del estrés, pueden estar vinculadas a situaciones como un divorcio, la muerte de un ser querido, el exceso de carga laboral, etc.

De esta forma, se toma en cuenta al ser humano como un ser total, no dividido por partes, sino que cada ámbito (físico, mental, social y espiritual) está en constante relación e interdependencia; y por tanto, la salud va a ser el resultado de la interacción de estos factores.

Ahora bien, no solo a algunos teóricos se les ha dificultado dar protagonismo a las emociones, los pensamientos, las relaciones interpersonales y la espiritualidad en la promoción de la salud. Las personas en general tendemos a intervenir consciente e intencionalmente mucho más en nuestra salud física, que en nuestra salud mental, relacional y espiritual. Se nos ha enseñado a cuidar más de lo corporal que del alma y de nuestras relaciones interpersonales.

En algunas ocasiones, las personas recurren inmediatamente a la medicación para atender un síntoma físico relacionado con una situación emocional. Al parecer, sanar el cuerpo es más fácil, cómodo y menos arriesgado que sumergirnos en el proceso de sanar emociones dañadas, resentimientos oxidados y relaciones rotas. Y es cierto, si el pudor es constante al desnudar el cuerpo ante un profesional médico desconocido, desnudar el alma toma su tiempo y es un proceso.

Incluso, socialmente parece ser más permitido y menos juzgado realizar visitas al hospital por episodios físicos que consultar a un profesional de la salud mental para exponer una situación familiar que ha causado ansiedad los últimos meses, o sanar la pesada historia de descalificaciones, palabras hirientes y constante crítica que ha afectado la propia imagen y autoestima desde la niñez.

El cuerpo nos habla, nosotros… lo callamos asumiendo que es solo el cuerpo, pero está conectado a nuestras emociones, nuestra historia y a nuestro dolor psíquico. No solo se trata de nuestros hábitos de alimentación, ejercicio y sueño, sino de nuestros momentos de descanso, la capacidad de reconocer nuestras emociones, verse y apreciarse en la medida justa de lo que uno es, la forma en la que asumimos los cambios y los retos de la cotidianidad, el manejo de relaciones saludables con la familia, los amigos y la sociedad; la capacidad de afrontar los golpes de la vida y ponerse de pie, el manejo de la culpa y el resentimiento, el vivir en coherencia con la ética, los valores y con Dios, etc.

Esa lista de variables se queda corta en relación a la complejidad del bienestar humano. Sin embargo, ser consciente de que nuestra salud es integral, es un llamado a responsabilizarse no solo de los propios estilos de vida, sino de la armonía de todas estas áreas incluyendo las relaciones con sí mismos, con nuestra familia, con nuestro entorno y con Dios.

Por Angie Víquez B.

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