¡No demores la bendición!

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La queja del pueblo de Israel hizo que la trayectoria de 4 semanas se convirtiera en 40 años. ¿Será que pasa lo mismo con nosotros?

Pensaba que ya podría salir de la cocina, con todo limpio y recogido.  

— Entonces mañana tenemos que estar ahí a las 7 a. m., ¿verdad? — me preguntó mi esposo. Y más que una pregunta, para mí fue un recordatorio que se tradujo en “tengo que preparar los almuerzos de los niños para mañana, ahora mismo, pues no tendré tiempo cuando nos levantemos”

Abrí la puerta del refrigerador. Ya estaba cansada y con deseos de sentarme, y las palabras que cruzaron vertiginosas por mi mente fueron: “¡Estoy cansada! ¡Quiero terminar ya! ¿Por qué tengo que hacer esto ahora o, de lo contrario, levantarme tan temprano?” Y casi se convierten en sonidos audibles cuando me di cuenta de que me estaba quejando, otra vez, aunque solo fuera en mi mente.  

La queja es algo tan cotidiano. Donde quiera que uno llega es fácil escuchar: “La cosa está mala”. “La situación está dura”. “Qué aburrido mi trabajo”. “Qué difícil mi familia”. “¡Qué cansada me tienen estos niños!” “Qué café tan desabrido”. Denominador común: expresiones de queja.  

La Biblia me ha convencido de que a Dios le molesta mucho la queja; el espíritu quejumbroso incomoda a nuestro Dios como pocas cosas. Si nos remontamos a la historia del pueblo de Israel nos encontraremos con un increíble repertorio de quejas, y mira lo que pasó:

“Cuando el SEÑOR oyó que se quejaban, se enojó mucho…”, (cursivas de la autora). Y ninguno de aquellos que salieron de Egipto, con excepción de Caleb y Josué, pudo ver la tierra que él les había prometido. El relato de la historia aparece en Deuteronomio 1. Si lo fuéramos a decir en lenguaje actual, diríamos que le llenaron la copa a Dios y él les dio su merecido.  

La queja hizo que la trayectoria de 4 semanas se convirtiera en 40 años. ¿Será que tú y yo estamos demorando la bendición de Dios por andar siempre con un espíritu quejoso? 

A mí muchas veces me puede pasar como a los israelitas. ¿Y a ti? Somos más prontas a lamentarnos que a expresar gratitud a Dios. En múltiples ocasiones ni siquiera nos damos cuenta de que lo estamos haciendo, ¡se vuelve tan normal y cotidiano! ¡Gracias a Dios por su misericordia y su paciencia! 

Sin embargo, mira lo que nos enseña Pablo en su carta a la iglesia de Filipos: “Hagan todo sin quejarse… para que nadie pueda criticarlos” (Filipenses 2:14, NTV, cursivas mías). Y todo es… todo, desde lo que nos gusta, hasta lo que nos resulta difícil, pesado e incómodo. 

Si deseamos cultivar un corazón conforme al de Dios, tenemos que desarraigar al espíritu de la queja. ¿Sabes? El problema con la queja es que siembra un espíritu de ingratitud, y la ingratitud desagrada a Dios porque nos impide ver y reconocer la bendición

Un buen punto para comenzar pudiera ser cambiar la queja por acción de gracias. Al principio puede que nos cueste más trabajo ver un motivo para dar gracias en algo que no nos gusta, pero poco a poco se irá haciendo más fácil. 

Volviendo al ejemplo que conté al empezar, en lugar de lamentarme por lo que tenía que hacer, podía dar gracias a Dios porque tengo hijos a quienes preparar almuerzo, y almuerzo para prepararles. ¿Me explico? La queja y la gratitud no pueden coexistir. Una mujer sabia cultiva en su familia un espíritu de gratitud. 

Lo segundo, cambiemos la queja por una alabanza. Cuando nos veamos tentadas a empezar el repertorio de las quejas, cambiémoslo por un repertorio de alabanza a Dios. Alabar a Dios trasforma por completo nuestra perspectiva ante cualquier situación. Y si te quedan dudas, pregúntales a Pablo y a Silas en Hechos 16. 

¡Esa es la vida como Dios la diseñó!

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