¿Lo tocas o lo aprietas?

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De la forma en que te acercas a Jesús depende lo que recibirás de Él.

Entre los que lo aprietan

Como todos los días, salía a la vida a ver qué pasaba. No sabía si aquel día tendría trabajo o si comería. No sabía a dónde iba o qué sucedería en su vida.

Ya estaba acostumbrado. El hambre y la falta de dinero era normal en su época y la crisis generada por el imperio hacía que todo estuviese peor. ¿Pero que podía hacer él?, se justificaba cada vez que nada sucedía y que las circunstancias traían otro día deplorable.

Esperó que en aquel día la suerte estuviese de su lado. Mientras caminaba hacia el centro de la ciudad, como cada día, escuchó que un tal Jesús de Nazaret se acercaba a su tierra. Comenzó a preguntar y a preguntar y de pronto se encontró con otros como él que corrían hacia el lugar donde se encontraba este hombre que hacía milagros.

Se metió junto con una decena de hombres y mujeres en una de las calles serpenteantes de la ciudadela y de pronto se vio rodeado de una multitud cuando de lejos lo vio. Era Jesús. Aquel que había hecho muchos milagros y que gran cantidad de gente había elegido seguir.

Pero él no estaba seguro. “Ojalá que algo pase”, pensó, pero no sabía bien por qué decían que ese hombre era el Mesías, el hijo de Dios, el ungido esperado. Sin embargo él solo dejaba que la turba lo llevase.

¿Sentiría algo? ¿Las circunstancias serían buenas con él? En medio de su manera cotidiana de mirar la vida, se encontró formando parte de una multitud que lo rodeaba. No sabía qué hacía allí ni para qué estaba, pero en medio se encontraba el maestro, Jesús, y sus discípulos.

De repente algo sucedió. Una mujer gritó sollozando: “¡Me ha sanado, me ha sanado!” Jesús preguntó quién lo había tocado e inmediatamente escuchó a sus discípulos diciéndole: ¿Maestro, una multitud te aprieta y tu preguntas quién te ha tocado?

Y fue allí donde se dio cuenta de que no era él quien había tocado a Jesús. Solo era uno de aquellos que estaban allí, como uno más, sin elecciones, esperando que algo sucediera, no siendo quien lo había tocado. Estaba cerca de Jesús pero solo formando parte de los que lo aprietan.

Entre los que lo tocan

Llevaba doce años enferma. Visitó médicos y médicos pero ninguno encontró la cura. Hasta que se le terminó el dinero. Cada día sufría un poco más en medio de una enfermedad que la convertía en alguien inmundo delante de su Dios, el cual tanto amaba.

Pero no se detenía. A pesar de que todo le decía que no valía la pena el esfuerzo, que era alguien que no podía santificar su vida, que por su falta de recursos se convertiría en algo permanente, ella confiaba en el Dios de Israel al cual se podía ir por un milagro.

Cada día elegía convertirlo en un día consagrado al Señor y su vida. Con todos los problemas que tenía, elegía vivirlo plenamente, como protagonista, y eligiendo confiar en cada promesa de Dios para su vida haciéndolas propias.

Y como todo momento histórico, aquel día amaneció como uno más. Sin embargo, ella estaba comprometida en confiar y actuar en base a la promesa de Dios.

Aquel día Jesús, el mesías, el ungido, visitaba su ciudad. Sabía que Él era el hijo de Dios y confiaba que Él la sanaría y santificaría su vida para siempre. Pero ¿cómo podría llegar a Él? Era mujer, estaba enferma, su enfermedad la mantenía fuera del medio ambiente y no podía acercarse a ningún lugar santo, menos aún al santo de los santos.

Pero ella no permitiría que nada ni nadie le hiciera perder esa oportunidad. Recordó que quien tocara el borde del manto del Mesías tendría sanidad. Y se dijo: “Yo lo haré. No permitiré que la enfermedad siga teniendo dominio en mi vida y confiaré en la promesa de La Palabra de Dios”.

Se vestía de prisa mientras escuchaba el tumulto en las calles. “Será difícil”, pensó, pero eligió que ninguna circunstancia estuviera por encima de su elección de confiar en el señor. Salió y entre el medio de una multitud caminó y corrió en busca de una nueva vida que sabía que Jesús le daría.

La empujaron, algunos le pegaron y pisaron para llegar más cerca de Él. No tenía fuerzas, sus dolores y el constante flujo la habían debilitado como para pujar con hombres enloquecidos por acercarse al Mesías. Sin embargo, su corazón y convicción la elevaron entre medio de otros y llegó a estar justo detrás del maestro.

“Si tocare el borde de su manto”, se decía mientras otros iban y venían al compás del movimiento de una multitud que se agolpaba tras el ungido. Y sin dudarlo lo tocó. Al instante sintió que la fuente de su sangre se secó y que su cuerpo estaba sano en aquel momento.

Pero fue en ese instante que Jesús detuvo su marcha y preguntó: “¿Quién me tocó?” Los discípulos extrañados le dijeron: “¿Maestro, toda la multitud te aprieta y tu preguntas quién te ha tocado? Pero ella sabía que no era de aquellos que estaban allí apretando a Jesús, que estaban cerca de Él pero solo apretándolo. Ella lo había tocado. Había elegido tocarlo. Lo había tocado. Y su vida había cambiado en aquel instante.

¿Lo tocas o lo aprietas?

Millones y millones se acercan a Jesús cada día. ¿Eres de los que lo aprietan o de los que eligen tocarlo? Muchos viven cerca de Jesús esperando que las circunstancias fuera de ellos los haga poder disfrutar de la cercanía. Pero solo lo aprietan con sus dudas, incertidumbres y con esperar que algo suceda.

Otros eligen vivir cada día tocando Su presencia para santificar sus vidas y ser ejemplo para otros. Para ser protagonistas aunque el cuerpo no te dé, el dinero no te alcance y la multitud de personas y de desafíos te apriete e intente pisarte.

Es un buen tiempo para ser del grupo de quienes están cerca de Jesús, pero no apretándolo porque la circunstancia me empuja, sino tocándolo porque elijo hacerlo y vivir a su lado.

¿Lo toco para ser parte con Él o lo aprieto para ver qué le saco? ¿Me acerco a Él convencido de Su poder o formo parte de la multitud que solo viene a ver qué pasa?¿Cuando estoy cerca suyo creo que es el ungido de Dios, mi señor soberano, o llego allí porque la turba me trajo?

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