¿Cuán grande es tu dios?

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Lo que creamos acerca de nuestro Dios definirá nuestra fe, nuestra relación con Él y, por consiguiente, nuestro actuar.

Estaba sentada en el aeropuerto de una importante capital latinoamericana. No había amanecido, sin embargo, ya bullía de personas que caminaban apuradas, sumergidas en sus propios pensamientos, tomando café para despertarse. Pero hubo algo que llamó mucho mi atención y tocó en lo profundo mi corazón: personas que, en lugar del equipaje de mano, o junto con este, cargaban en sus brazos imágenes talladas de sus dioses.  

No he podido olvidarlo. Una y otra vez viene a mi mente la pregunta ¿cuán grande es tu dios? Y ¿sabes?, lo peor de todo es que a veces creemos que esto se limita a la adoración de dioses falsos, pero lamentablemente, incluso nosotros que conocemos a Cristo, pensamos en ocasiones que nuestro Dios es igual. 

Pensamos que podemos cargarlo en nuestros brazos, que es pequeño, limitado como nosotros, que nos pide que hagamos cosas a cambio de nuestra salvación o de su gracia o misericordia. Sí, tal vez no lo afirmemos, quizá incluso te escandalice leerlo, pero la realidad es que nuestro comportamiento habla mucho más alto que un millón de palabras. 

Entonces, hoy quiero hacerte la pregunta, ¿cuán grande es tu Dios? Y claro está, su grandeza no depende de nuestra definición. La pregunta es más bien ¿cuán grande es para ti, qué lugar ocupa, cómo te relacionas con él? ¿Y sabes por qué esta pregunta es tan importante? Porque lo que creamos en nuestro corazón acerca de nuestro Dios definirá nuestra fe, nuestra relación con él y, por consiguiente, nuestro actuar. 

Mira estas palabras del profeta Jeremías en el capítulo 32 y piensa junto conmigo si realmente así es como ves a Dios: 

“«¡Oh Soberano SEÑOR! Hiciste los cielos y la tierra con tu mano fuerte y tu brazo poderoso. ¡Nada es demasiado difícil para ti! Muestras un amor inagotable a miles, pero también haces recaer las consecuencias del pecado de una generación sobre la siguiente. Tú eres el Dios grande y poderoso, el SEÑOR de los Ejércitos Celestiales. Tú posees toda la sabiduría y haces grandes y maravillosos milagros. Ves la conducta de todas las personas y les das lo que se merecen. Realizaste señales milagrosas y maravillas en la tierra de Egipto, ¡cosas que se recuerdan hasta el día de hoy! Y sigues haciendo grandes milagros en Israel y en todo el mundo. Así has hecho que tu nombre sea famoso hasta el día de hoy”. 

Dios es soberano. Punto. Por encima de todo lo que pueda suceder o no, está la soberanía de Dios. Ya sea que yo lo entienda o no, tengo que afirmar esta verdad en mi corazón porque es crucial: Dios es soberano, Su autoridad es suprema e independiente, y no se le puede superar ni juzgar. 

Dios hizo los cielos y la tierra. No necesitó ayuda de nadie. Él es suficiente. En estos tiempos en que nuestra fe es atacada de un lado a otro, en que incluso en el mundo cristiano se trata de buscar una “explicación científica” a la creación, tenemos que entender que la Biblia es 100% la Palabra de Dios y, por lo tanto, verdadera. La ciencia puede corroborar lo que Dios hizo y dice, pero nunca podrá explicar a Dios, porque Dios no tiene explicación. Así lo creo. 

Nada es imposible para Dios. Esta verdad se tambalea en nuestro corazón cada vez que las circunstancias parecen contradecirla. Cuando recibimos un diagnóstico negativo, cuando un matrimonio se rompe, cuando los hijos se descarrían, cuando el trabajo se acaba… Pero NADA es imposible para Dios. Tenemos que creer en sus absolutos. Eso no quiere decir que siempre nos diga sí a todo lo que pidamos, quiere decir que Dios tiene el poder para hacer cualquier cosa. Y punto. Mi función es confiar en su poder y su soberanía. 

El amor de Dios es inagotable. Nada que tú y yo hagamos puede acabar con el amor de Dios. Y si nos queda alguna duda, recuerda la cruz y luego lee Romanos 8:31-39. 

Dios es justo, siempre. Tú y yo necesitamos entender también esa verdad. La justicia de Dios demandaba un sacrificio perfecto y ya fue hecho en Cristo. Ahora bien, nos toca a nosotros decidir. Todos podemos entrar al reino de los cielos, pero no será en base a cuán buenos hayamos sido. Eso nunca será suficiente. La entrada dependerá de si aceptamos o no el sacrificio de Cristo, el pago por nuestra injusticia. Cualquier otra cosa diferente no es el evangelio vivo. Sí, puede parecer radical, pero Dios es radical. 

Dios es la sabiduría. Aunque alcancemos muchos títulos, leamos cientos de libros y en nuestro haber tengamos un enorme caudal de conocimiento, la verdadera sabiduría viene de Dios. No confundamos inteligencia con sabiduría. Busquemos en la fuente verdadera y podremos vivir en el diseño divino y perfecto que Él nos dejó en Su Palabra. 

Dios no es historia. Dios no está muerto. Dios es real. Él sigue haciendo señales y milagros. No hay sustitutos para esto. No hay dios tallado ni de otra índole que se le pueda comparar. Él es el Dios grande y poderoso, el SEÑOR de los Ejércitos Celestiales cuyo nombre es famoso hasta el día de hoy, a pesar de los que se afanan cada día por enterrarlo, destronarlo o desvirtuarlo. 

Amiga lectora, ¿cuán grande es nuestro Dios? ¿Crees estas verdades en tu corazón? No soy teóloga ni nada semejante, pero creo en la Biblia de tapa a tapa. Creo también que es crucial que afirmemos estas verdades porque, de lo contrario, aunque no lo tengamos en casa ni lo carguemos en brazos, puede que estemos creyendo en un dios fabricado por conceptos humanos y no en el Dios de la Palabra, Creador de los cielos y la tierra. ¿Amén?

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