¿Cómo puedo perdonar si estoy herido? (Parte 2)

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Un paso primordial es reconocer los obstáculos que nos alejan de tomar esta decisión. Aquí están los principales.

Los frutos del perdón son maravillosos, no solo en nuestras relaciones, sino también para nuestro bienestar emocional y salud física. Sin embargo, es necesario identificar y evitar los siguientes obstáculos para poder experimentarlo:

Orgullo

El orgullo es la principal causa que impide el perdón y la reconciliación. La mayoría de las veces no deseamos reconocer que hemos lastimado por simple orgullo. El orgullo se manifiesta cuando hacemos prevalecer nuestro ego sobre los sentimientos de los demás. El orgullo nos hace insensibles, hirientes y, en ocasiones, no somos conscientes de la gravedad del daño que hemos ocasionado. Pero precisamente, podemos impedir la restauración de las relaciones cuando no somos conscientes de que la otra persona está herida. Por eso, es importante que cuando nos sintamos lastimados, luego de enfriar nuestras emociones, comuniquemos cómo nos sentimos.

Al comunicar que estamos afectados o lastimados, debemos hacerlo sin juzgar a la otra persona, porque no necesariamente nos hirió intencionalmente. Normalmente reaccionamos a la ofensa hiriendo de vuelta como un mecanismo de defensa o un acto de venganza, pero solo se manifiesta cuando permitimos que el orgullo domine nuestra reacción.

Autojustificación

Sucede cuando no damos el brazo a torcer o cuando queremos salir del paso nada más, en lugar de restituir la ofensa. Pero pedir perdón debe surgir de un arrepentimiento sincero y reconocer que causamos una herida. El objetivo final del perdón es disminuir el dolor en la otra persona y procurar restaurar la relación. No es el momento de justificarnos o de subestimar los sentimientos de la otra persona, es tiempo de restaurar a quien está ofendido. Siempre vamos a intentar racionalizar nuestro actuar, pero cuando la persona que amamos está herida, lo único que queda es el camino del perdón.

Indiferencia

Cuando subestimamos los sentimientos de la otra persona, normalmente reaccionamos con indiferencia. La indiferencia la justificamos diciendo que con el tiempo lo va a superar o que, eventualmente, va a entender nuestra forma de demostrar afecto… aunque sea totalmente opuesto a lo que el otro espera, pero la verdad es que la otra persona resiente lo que percibe como falta de afecto y sensibilidad.

En una pareja herida, ella dice: «Te envío mensajes de amor expresándote cuánto te necesito, y te digo cuánto te amo. Pero me siento ignorada, nunca me respondes. Quisiera que me dijeras que me amas, nada más. Me siento abandonada, incomprendida y creo que no quieres hacer ningún esfuerzo por demostrarme que me amas». Él responde: «Yo ayudo en la casa, hago las compras, trabajo duro para pagar cuentas, pero nunca lleno tus expectativas. Me esfuerzo y no me siento apreciado o valorado. No sé qué más es lo que quieres». Ella contesta: «Parecemos dos extraños compartiendo una misma casa. Nunca me acaricias o me dices: “te amo”. Extraño tus palabras de afecto. El romance lo perdimos hace años». Esto podría convertirse en un círculo donde lo que perciben como indiferencia del otro logra distanciarlos.

Cuando prestamos atención a las necesidades del otro y no a la manera en que queremos responder a ellas en nuestra propia subjetividad, es cuando abrimos el camino al entendimiento, a la cercanía y a la intimidad.

Amargura

El enojo busca una forma de manifestarse, necesita una forma de salir, quiere expresarse; si no lo dominamos a tiempo, sus efectos pueden ser de dolor retenido más del tiempo debido, y destruimos nuestra vida y la de los demás.

Cuando retenemos la ofensa más de la cuenta se convierte en amargura. La amargura se instala cuando rehusamos perdonar las ofensas y, como el cáncer, crece y crece hasta que destruye todo lo que le rodea. Por eso, todo dolor experimentado por una ofensa debe ser expresado para que no demos lugar a la amargura. La amargura y el odio no logran nada, consumirán nuestras fuerzas totalmente porque deseamos que nos restituyan y queremos justicia ante una decepción. La amargura se alimenta del resentimiento.

Una persona amargada está dañando su salud física y emocional. Si el perdón no se otorga a tiempo, podríamos caer en deseos de venganza.

No tenemos un modelo a imitar

Al no haber visto a otras personas cercanas pedir perdón, no sabemos cómo hacerlo. Pero es peor aun cuando nuestros padres nos dijeron que pedir perdón es un signo de debilidad.

Experimentar el perdón traerá consigo libertad y sanará el dolor que nos esclaviza, sin embargo, se requiere voluntad, decisión y perseverancia para sostenerlo en el tiempo.

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