“Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados”, Isaías 53:5
¡Bendito sea Dios, que por Su llaga fuimos nosotras curadas! Si… curadas de nuestros pecados.
Es importante leer la Biblia dentro del contexto correcto. Cristo nunca prometió sanar nuestro cuerpo mortal de todas sus dolencias y enfermedades físicas.
De hecho, Jesús ni siquiera curó a todos los enfermos de Su tiempo. El texto de Isaías 53:5 se refiere específicamente a la cura de la peor de las enfermedades: el pecado. Así, por Su sangre tenemos salvación eterna; la salud de nuestra “alma”.
Es importante comprender que las enfermedades son propias de este cuerpo mortal y corrompido por el pecado. En 1 Timoteo 5:23 Pablo menciona los problemas estomacales y “frecuentes” enfermedades de Timoteo. Y por si fuera poco, para el aguijón “incurable” de Pablo, aunque rogó tres veces, le fue ofrecida la gracia de Dios.
Amadas, la cura de las enfermedades no depende de nuestra fidelidad sino de los propósitos particulares y eternos de Dios. Ciertamente Dios puede curarnos, mas debemos entender que no siempre está en Su voluntad el hacerlo.
Más gracias sean dadas a Dios que pronto nos librará de este cuerpo mortal sujeto a todo tipo de enfermedad. Pero entre tanto que eso sucede, refugiémonos en la gracia del Señor y la oración, y hallemos la fortaleza necesaria para cada día en la fuerza de Su poder.
Que como Maestra del Bien Dios te conceda aceptar y manejar tu enfermedad para Su gloria y testimonio de muchos.
Oración: Padre, quiero pedirte como Jesús: “Abba, Padre, todas las cosas son posibles para ti; aparta de mí esta copa; mas no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú”. Dame la fortaleza para sobrellevar este padecimiento por medio de la fe. En el nombre de Jesús, amén.