El sacrificio perfecto

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Todo intento humano de buscar redención con Dios es inútil ante la deuda infinita de nuestro pecado. Por eso Él mismo ofreció la solución.

“Ninguno de ellos podrá en manera alguna redimir al hermano, ni dar a Dios su rescate, -porque la redención de su vida es de gran precio, y no se logrará jamás”, Salmos 49:7-8

¡Cristo es el sacrificio perfecto por nuestros pecados! Pero para ello tuvo que hacerse hombre, pues ningún humano podía ofrecer un sacrificio que fuera acepto ante Dios para redimir a su hermano. Dios no podía aceptar como bueno y válido el pago de un hombre pecador por nuestra redención, siendo este un sacrificio inútil, ineficaz e imperfecto ante los ojos santos de Dios.

Dios exigía como pago de nuestra salvación un sacrificio perfecto; en otras palabras, que aquel que fuera a ocupar nuestro lugar no tuviera él mismo cuentas pendientes con la justicia divina. Esto es, que ese alguien no hubiese cometido pecado nunca. Esa condición de “ser sin pecado” descartaba de plano todo intento humano de redimir y salvar a su hermano, pues dice Romanos 3:23, “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”. Y Romanos 3:12 confirma: “Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles”.

Así que, el único que podía ofrecer su vida en rescate por sus hermanos era nuestro Señor Jesucristo, quien nunca conoció pecado. En 2 Corintios 5:21 dice Pablo: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él”; y en Hebreos 7:26 dice el escritor: “Tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos”.

Cristo fue la ofrenda perfecta exigida por Dios para nuestra redención. En Juan 20:17, después de haber resucitado, Cristo dijo a María Magdalena: “Mas ve a mis hermanos: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios”. Maravillosamente Cristo nos llama “sus hermanos” después de ofrecer su vida por nuestro rescate y pagar el precio de nuestra redención.

Otra razón por la que Cristo tuvo que venir en carne y tomar nuestra naturaleza humana, fue porque el precio de la redención era muy alto, de valor infinito, de modo tal que nadie podía pagarlo excepto Él. El versículo de hoy termina diciendo: Porque la redención de su vida es de gran precio, y no se logrará jamás”.

Para eso vino Cristo, “para dar su vida en rescate de muchos” (Mateo 20:28). Cristo, siendo Dios, se hizo hombre porque ningún hombre podía redimir a otro hombre a causa de sus pecados y porque la deuda que habíamos contraído con la justicia divina por nuestras desobediencias era infinita. Jesús vivió una vida perfecta a la voluntad de Dios, para ofrecer en la cruz del Calvario un sacrificio perfecto con la cual satisfizo la justicia de Dios, “para hacer con una sola ofrenda perfectos para siempre a los santificados” (Hebreos 10:14).

Oración: ¡Gloria a Dios por Jesucristo, el Cordero que quita el pecado del mundo, el sacrificio perfecto! Amén.

 

Por Carmen García de Corniel

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